Adolescencia

La tribuna

11553066 2025-03-30
Adolescencia

30 de marzo 2025 - 03:09

Desde hace años, veo todas las series y películas en las que aparece el actor británico Stephen Graham. Doy por hecho que se tratan de productos de calidad, y creo que nunca me ha defraudado. Con ese aspecto de currela de toda la vida, padre de familia siempre con problemas, cuando no desestructurada, bajito y macarra, es uno de los grandes intérpretes de su generación.

No lo ha tenido fácil hasta llegar a su actual posición, en más de una ocasión ha estado a punto de tirar la toalla, pero por suerte no lo ha hecho. Lo hemos visto como matón, como cocinero, como alcohólico, de pirata, de poli, de tío chungo, neonazi, y hasta lo hemos visto en videoclips de los Arctic Monkeys. Frente a la pantalla, es el talento. Y no lo puede disimular. Es esa clase de actor que desprende energía, personalidad, pulsión, es diferente.

Con Graham me sucede lo mismo que con esos libros o discos que te entusiasman y que eres feliz convenciendo a los demás para que también se entusiasmen, como si se tratara de una acción evangelizadora o algo así. Necesitado de que otros muchos disfruten como yo lo hago. Por eso me encanta que ahora muchas personas estén descubriendo a Graham, a partir del éxito mundial de Adolescencia, y que se encuentren con sus anteriores películas y series. Y descubran, como yo descubrí hace años, que Graham nunca falla. Como mínimo, está correcto, pero lo normal es esté sublime. Y qué decir de la citada Adolescencia, esa serie maravillosa, desgarradora, honesta, técnicamente un prodigio, que se ha convertido en mucho más que un producto televisivo, para tener la consideración de fenómeno social.

Si Stephen Graham siempre me sorprende, aquí me ha dejado sin palabras. Creador, coguionista, productor y uno de los protagonistas de uno de los mejores productos que he visto en una pantalla de televisión. Podría seguir empleando otros muchos adjetivos para definirla, pero creo que lo mejor es verla, incluso verla dos veces, como yo he hecho, y disfrutar de tanto talento comprimido. Cuatro planos secuencias memorables, que se estudiarán en las escuelas de cine, no me cabe duda, para narrar una historia tan demoledora como real, desde todos los puntos de vista posibles. Simplemente maravillosa. Tan técnicamente perfecta, que la productora y la plataforma que la emite han tenido que explicar que no hay montaje, que no hay truco, que no hay trampa. Algunos planos secuencias se llegaron a rodar más de diez veces, siendo el más complicado el que tiene lugar en el centro educativo, ya que aparecen más de 350 extras. Si te fijas bien, descubres a algún chaval mirando a la cámara o riéndose. Inevitable. En cuanto a las interpretaciones, todas excepcionales, ninguno de los protagonistas desentona, todos están en su “punto”. Y el guion, impecable, sin desmayos, siempre rítmico, todas las piezas encajan a la perfección. Sin estridencias. Todos los elementos de una historia dura, descarnada, dicen que basada en un hecho real, que es fotografía y radiografía de un ámbito muy sensible y amplio de nuestra sociedad actual.

Me alegro mucho del triunfo de Adolescencia. Por mi admirado Graham, que se merece esto y más, porque demuestra que calidad y consumo mayoritario es compatible. Y sobre todo me alegro por el tema que aborda y que está haciendo a muchos pensar, especialmente a los que somos padres. Mi hijo no corre peligro, está en su cuarto, pensamos. Y creemos que está a salvo. Pero en sus manos tiene el móvil, con la aplicación de Instagram abierta. Que puede ser un Tinder salvaje y sin filtro; un X aún más obsceno, o un Facebook del acoso y de los acosados. Así como un WhatsApp sin control.

Ojalá nos ponga en guardia esta serie y nos empuje a transmitirles a nuestros hijos una pedagogía sensata de las redes sociales, como un espacio de encuentro, comunicación y conocimiento, y no de terror, insultos y vejaciones, como llega a ser en tantas y tantas ocasiones. Tengamos en cuenta que Adolescencia es una ficción que cuenta la realidad. Nuestra realidad. Y no está ampliada o exagerada, salvo que no la queremos ver.

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