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Creo que todos los años, en torno al 28 de febrero, escribo un artículo protagonizado por Andalucía. Y este 2025 no iba a ser menos. La verdad es que se trata de una rutina que no me cuesta, que me agrada. Así es. Y todos los años, antes de comenzar el artículo, me encomiendo para no caer en los tópicos, en no repetir lo que tantos repiten y en controlarme, para no parecer más andaluz que nadie. Y me cuesta. Todo me cuesta. Porque hasta los tópicos, a su modo, o de algún modo, son y representan a Andalucía. Lo he escrito en más de una ocasión, algo que me llama mucho la atención es la indefinición que es Andalucía y que, por tanto, supone ser andaluz. No hay un canon, no hay una definición exacta que nos represente a todos. Debería ser muy ambigua y abierta para que aglutinara al almeriense, al sevillano o al malagueño. Piezas muy diferentes de un mecano que solo se entiende, y funciona, en su totalidad. Adoro esa indefinición, que seamos diferentes, gratamente diferentes. Andaluces de muy distintas maneras y modos. Que no seamos iguales. Que tengamos acentos y gastronomías tan dispares. Paisajes tan distintos. Que la nieve, las marismas o el desierto sean representativos del paisaje andaluz. Que las temperaturas no sean las mismas, ni los veranos ni los inviernos. Que el agua no sepa igual. Que el arroz caldoso de Almería y Huelva sea completamente diferente al que se prepara en Córdoba, en un perol. Que los garbanzos se llamen y se cocinen de tantas maneras. Que los pescados cambien de nombre. El Atlántico y el Mediterráneo. Abrazados a África, América y Europa al mismo tiempo. Que oscurezca a diferentes horas.
Hay quien se siente cómodo en la uniformidad, en la rutina de las emociones, en lo permanentemente estable. No me gustan los relojes con las manecillas paradas. A todo lo llaman tradición, como excusa para justificar que nada cambie, que todo siga siendo igual. Inmutable. Pero las tradiciones también evolucionan, mutan, cambian, se transforman. Lo mismo que un idioma, un plato, la arquitectura, la medicina, el deporte, la ropa o los comportamientos sociales. Todo cambia. Hasta las piedras cambian, y acaban en la orilla. Andalucía se siente cómoda en el cambio. Lo ha hecho en decenas de ocasiones a lo largo de su amplia historia. Y a pesar de eso nunca ha dejado de ser ella misma. Los Tartesos recorrieron las mismas marismas y arenas que los romeros que peregrinan cada año a la ermita de la Virgen del Rocío. El AVE circula por donde durante siglos una calzada romana nos conducía al conocimiento. Convivimos con nuestro pasado musulmán, en los rasgos y en un sinfín de palabras que empleamos cada día, en las acequias y los regadíos que utilizamos en la agricultura. Para Andalucía, el cambio siempre ha sido sinónimo de crecimiento, de futuro, de recorrer camino, hacia adelante. No sabemos que nos deparará el mañana, dentro de cien o quinientos años, pero intuyo que será bueno. Lo haremos bueno, aunque nos vengan mal dadas. Porque en eso también tenemos experiencia. Hemos tenido malos momentos, que no hemos olvidado, ni debemos olvidar, pero que no hemos convertido en un lastre para seguir caminando.
Desde la azotea contemplo la enorme bandera verde y blanca de la rotonda. Sopla el viento y está extendida. Creo que nunca he empleado la palabra gracia para referirme a Andalucía, y puede que deba hacerlo. Ya lo dije al principio, hasta los tópicos nos definen. Gracia, arte, el pellizco. El duende. Guasa, jaleo, jarana. Requiebro, qué bonito suena. La cola en la churrería, el cartucho de pescao frito, los chochitos junto a la cerveza helada, la bola de cera, los zapatos embadurnados de albero, las magdalenas de las monjitas, piononos y pavías, flamenquines y un montadito de pringá. Ahora que lo pienso, hay un plato que nos define muy bien: el aliño. ¿Aliño de qué? De lo que sea, de papas, garbanzos, chícharos, caballa o lentejas, con tomate, cebolla, pimiento y lo que encontremos. El resultado siempre será el aliño, resultado de la improvisación, de apurar (que es el reciclar de siempre), de combinar hasta lo que creemos tan distinto, tan poco parecido a nada y todo. Eso es. No es tan difícil de entender. Tan diferente, tan Andalucía.
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